José Antonio Ibáñez de Garayo

María, compositora de una melodía constante, diferente, atrayente, manifestada en formas desestructuradas en desacuerdo con toda lógica, pero impregnadas de escenarios cargados de pasados y precisos momentos vividos y sentidos interiormente.

Su pintura logra seducirnos plásticamente, es convincente, segura y compleja, evidencia a través de su rica materia una atmósfera cargada de sensualidad y complacencia para el sentir del observador. Nos transporta a un mundo diferente, complejo, nuevo, intuitivo y pulsional.

Las dudas habían cesado y la borrasca interior había brotado, cubriendo los lienzos de interrogaciones que adoptan formas extrañas e inimaginables, de un furioso vigor. Pero lo que más acaparó mi atención y encontré más interesante, no fueron las numerosas y variadas formas, fue la realidad que yacía en el interior, cubierta por una poética sonoridad que, rompiendo el silencio, se colaba por el entresijo de pigmentos, formas y colores meciéndose con una ligera brisa entre unos delicados puntitos de luz.

Noche silenciosa cuajada de estrellas, dispuesta a que el espectador se adentre en ella buscando esa luz tintineante que nos traslada a desconocidos mundos que ríen, cantan y danzan en ardiente noviazgo con la resonante melodía ofrecida por María en sus obras.

Dura e intransigente con sus obras, en constante impaciencia, lucha denodadamente frente a cada lienzo. Nunca está conforme, pinta sobre lo pintado y de nuevo lanza pigmentos y barnices, se intoxica pero sigue y sigue con esa fuerza extraña que aún ebria de formas y color, hace que consiga logradas composiciones plenas de expresividad y equilibrio.

La obra de María está basada fundamentalmente en el equilibrio, proyectando en la sobriedad de formas y colores que anhelan ir juntos, dentro del largo y dificultoso camino de conjugar la fuerte bocanada de color, con la noble y melodiosa estructura de la forma. Su investigación hace que esto sea posible, el color se despoja y desnuda ante la maestría indudablemente enriquecedora, que estudiadamente fabrica las formas.

La inmensidad reflejada en sus extensos y grandiosos espacios proporciona al observarlos, esa sensación de recogida intimidad presente al asomarnos al interior de la obra.

Diríamos que al ejecutar su obra, está componiendo una sinfonía envuelta en suaves y equilibrados tonos que relampaguean y se balancean en el fragor cósmico al que decididamente nos encaminan.

En sus obras la investigación se une a la intuición y juntos progresan dentro de unas reglas informalistas, cargadas de tensión, que logran hacer fácil lo difícil.

Son movimientos conscientes que emergen del interior y que concretan en el cuadro su armonía romántica y emocional.

Me gusta observar sus cuadros, el lenguaje franco y veraz con que se expresan al permanecer frente a ellos, intentando franquearlos y entrar en su complejo mundo. Pienso que eso no es fácil; sus historias sólidas atestiguan múltiples fantasías sobre momentos vividos. Sin duda, tras un tiempo junto a ellos, empiezo a desgranar sus verdades y mi mente comienza a escuchar innumerables acordes, cual sinfonía melódica.

María quiere expresar las cosas que le rodean de manera personal, pretende y lo consigue, que sus obras salgan del contexto general y representen escenarios no conocidos y fuera de toda similitud histórica.

Para lograrlo ha tenido que aplicar todas sus certezas, siendo implacable con ella misma y no cediendo nunca a la complacencia ni a la huida fácil del canto de sirena. Pone al descubierto sus virtudes con espléndidas masas de color y sensaciones de fluidez que surgen enérgicas de sus cuadros.

Sus cuadros, en un proceso entre analítico y sintético, descubren en realidad una autoliberación instintiva, en lucha con toda pedagogía artística. Son verdaderamente espontáneos, con amplio conocimiento de los colores y los materiales, debido esto exclusivamente a una dura batalla con los mismos. Son poesía expresionista, creativa, experimentalista, nunca ambiguos y si tensionados por la fuerza y el entusiasmo de María.

La idea de coherencia de su pintura con formas de ser de la naturaleza, está presente en el quehacer cotidiano y se plasma a través de la intuición, del arduo trabajo y en definitiva de la obra. En su mundo y fiel a sus propias reglas, llena de misterio inquietante, de universos con estrellas, de protagonistas desconocidos y con esa fluidez que emana de sus cuadros, surge la sensación de que no vemos todo lo que hay y de que hay mucho más de lo que creemos entender.

José Antonio Ibáñez de Garayo

Presidente de la fundación Faustino Orbegozo Eizaquirre

Presidente del instituto de Arte y Humanidades

Crítico de Arte y Galerista